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LA ÚLTIMA UTOPÍA“La voz que me había hablado desde el cielo se dirigió de nuevo a mí, y me dijo: Acércate al ángel que está de pie sobre el mar y la tierra, y toma el librito que tiene abierto en la mano. Me acerqué al ángel y le dije que me diera el librito. Me respondió: Toma, cómetelo; en tu boca será dulce como la miel, pero te producirá acidez en el estómago. Tomé el librito de la mano del ángel y me lo comí; en la boca era dulce como la miel, pero cuando terminé de comerlo se volvió amargo en el estómago. Entonces me dijeron: Tienes que profetizar de nuevo amenazando a muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos.” (Apocalipsis, Juan) ANTES DE LA REVELACIÓN 1. En el año 2029 de nuestra Era... Está Imani sentado en el salón de su casa, donde se puede ver, a la distancia, un pequeño jardín con su higuera y una planta trepadora que, con hojas de corazón, se entreteje con multitud de purpúreas campanillas. En sus manos tiene una pipa de fumar, de madera tallada con formas de rojo caoba, en cuyo interior se oprime la hierba que enciende con parsimonia, como si hiciese un ritual arcaico y sagrado, un pacto con la naturaleza, de la savia hecha alimento del espíritu para trasladar la percepción al lugar de los sueños, ahí donde los pensamientos se diluyen en visiones de esencia imposible. Imani fuma marihuana para alejarse de la realidad, una realidad en la que es mejor no pensar por la crudeza de sus hechos, en un cuarto de siglo con odios, pobrezas y enfermedades que sacuden a sus semejantes por doquier; veinticinco años de dolor en la garganta de gritarle a Dios compasión, de llorar por la especie humana, de ver lo ruin y despreciable que es, por matar al hermano, por pisotear su propio corazón. Imani fuma para olvidar, para no pensar, para no ver, para soñar… Tiene treinta y tres años y casi ni conoce un mundo en paz; era tan chiquito cuando jugaba feliz entre los brazos de sus padres, sonriendo a una vida por descubrir, que ante el asombro de lo desconocido todo era de un brillo fantástico, y el simple hecho de aprender a correr soltando los brazos, a un ritmo calculado, era uno más de aquellos momentos donde el mínimo detalle adquiría una trascendencia especial. ¡Qué lejos están esos recuerdos! Ya casi perdidos en la distancia, limados por un presente duro e incierto de un continuo existir en un mundo en conflicto, y tan lejanos como el impacto de aquellos aviones contra las torres gemelas de Nueva York. Ahora mira a su alrededor y su casa le parece un tesoro, casi le da miedo salir a la calle, escuchar las noticias, enterarse de que la gente sigue muriendo con el terror aferrado a los huesos. Su chica, que se llama Moon, con su negra piel se recuesta en el sillón y una criatura crece dentro de su ser; será niña y se llamará Eileen. Piensa que su hija seguramente tendrá la piel más clara, pues ella, la del pelo rizado, dueña de unos preciosos ojos verdes y tan bella como la noche, es de sangre africana, pero en el vientre lleva la semilla de Imani, que es alto y delgado, de pelo castaño y cara estrecha, como la de los profetas de la antigüedad venidos de más allá de las estrellas. No saben ni por qué traen esa criatura a un mundo acabado, a lo mejor creen en la esperanza, en que algún día el hombre cambiará. Esa niña aún no nacida es el sueño del amor, lo que hace tanto tiempo se perdió, una palabra en el olvido. ¿Dónde estás mi amor? Dice Imani a través de la piel, con la ilusión de que su hija le escuche. Moon sonríe acariciándole los cabellos ondulados. Ella tan oscura y él tan blanco, como el día y la noche, como la Luna y el Sol, comparten la luz dentro de sus corazones, es su felicidad, lo único que tienen cuando sueñan un futuro, algo que no conocen ni encuentran, que les ha sido robado, como el mirar la naturaleza y respirar el aire limpio, donde una mariposa vuele recortando el aire con sus alas de colores. Imani fuma marihuana para no perder el trazo de ese vuelo en el registro de su mente. Escucha música antigua, un tal Bob Marley con sus canciones de amor y de justicia, que es negro como su chica, con el pelo igual, y que fumaba lo que ahora él tiene entre los labios, una bruma en busca de los sueños. Se miran a los ojos y sus miradas brillan. Ella no fuma por la criatura, pero sonríe porque es feliz viendo a Imani sentado con las piernas cruzadas como un gurú, con el torso desnudo, alzando el brazo con la llama en la mano, azuzando el fuego que chisporrotea rojo en la pipa, expulsando el humo por la boca como un volcán en erupción. Son una familia, lo que quieren destruir. El futuro está en el vientre de Moon, e Imani aún no sabe, aunque siempre lo ha sospechado, o quizá presentido, que él es la esperanza de toda la Humanidad. Ni lo quiere pensar, le da miedo. ¿Quién es él para salvar al mundo? Se percibe como una persona más, perdida en el torbellino, sin el suficiente poder para vencer con sus propias manos al Príncipe Infernal, cuando son tantos los malvados y tan poderosos. Improbable ser lo que siempre presintió, lo que alguien le dijo una vez o se lo dijeron muchas más. Simplemente, no lo puede creer. Fuma para no pensar en ello, le pone la piel de gallina enfrentar ese designio, algo que ya supone una locura, una paranoia que le persigue hasta en la lejanía de su descanso nocturno. ¿Dónde queda la realidad y el presentimiento? ¿Cuál es la distancia que los separa? ¿Es un hilo o un abismo?... Dirige la mirada al techo, cierra los ojos y la mente vuela lejos dando bamboleos de colores, cuando la Palabra retumba dentro de su cabeza como un eco sordo pero perceptible. Es esa voz que le habla, que no quiere escuchar. Escapa de ese sonido, prefiere los colores que se generan detrás de las pupilas, revolviéndose como hormigas, como gusanos en la mente; entonces, le sobrevienen pensamientos y ya no escucha la voz. Abre los ojos y mira hacia el ventanal; ve la silueta de su chica recortándose en la claridad del día y percibe una aureola en torno a ella, un vapor de tonalidades azuladas, distinta a la suya que es dorada como el Sol. Él puede ver estas cosas y también presentir qué sucederá… Desde chiquito, cuando veía las grises palomas en el parque, se le contraía el gesto, le daba un vuelco de rechazo en el corazón, como un mal presentimiento, y le pedía a su padre ir a otro lugar. Era el futuro que lo sentía mortecino, lleno de dificultades, y así ya adivinaba su responsabilidad, pero no entendía los símbolos y esa extraña sensación de creer saber lo que pasará. Ahora tampoco quiere entender, se hace el loco, prefiere seguir viendo la gama de colores azulados que emana el cuerpo de Moon. 2. El Sol desprende su luz ajeno a los sucesos del planeta que ilumina, esa misma luz que se cuela por el ventanal de una casa situada en el sur de México, en la ciudad de Oaxaca. Por suerte, ese país no ha sufrido de forma tan palpable los desastres de tan largo tiempo de guerras, pues ahora es la nación más rica de la Tierra por tener el petróleo para Occidente que los árabes no pueden vender, y también por el acierto de un presidente, el mejor que jamás tuvo ese país, quien decidió acuñar moneda de plata en el momento en que las bolsas se hundieron y el dinero dejó de valer. Con petróleo, con una moneda del peso de su valor, produciendo los alimentos para un mundo en guerra, y con la autonomía política que aquel presidente proclamó, México, en pocos años, fue como el paraíso en esos tiempos de guerra. Suerte parecida corrieron algunos países latinoamericanos, donde los europeos que huían de la catástrofe hicieron su nuevo hogar. Pero aun así se sentía, con esa sensación fatalista, el ambiente de un mundo sin futuro, además de que todo el planeta se veía afectado por infinidad de calamidades y catástrofes naturales, como terremotos que llegaron a destruir ciudades enteras, huracanes, lluvias torrenciales y pestilencias de todo tipo. También, el pillaje y la delincuencia se habían convertido, de manera generalizada, en el modus vivendi de la mayoría de los habitantes del planeta. Era un mundo sin justicia, donde se debía tener sumo cuidado con las malas personas que abundaban por doquier. En esa casa de Oaxaca, dentro de un pequeño edificio de dos plantas con jardín delantero, Imani deshizo la flor de loto formada por su cuerpo, porque en el iluminado salón el sonido del timbre de la entrada recorrió el espacio hasta penetrar en su oído. Se levantó lentamente, con la armonía atlética de su cuerpo delgado, y cubrió su torso con una camisa blanca de algodón, para bajar a la puerta del jardín y ver quién le había sacado de su abstracta distracción. Era una mujer rubia de mediana edad, con aspecto centroeuropeo, que en el rostro dejaba advertir cierta tristeza. La hizo pasar, y se dirigieron hacia una habitación separada de la casa, construida a un lado del jardín. En las paredes de su interior, pintadas de blanco, reposaban tres pinturas de carácter simbolista en las que se hacían notar iconos místicos de orden metafísico. Al fondo de la estancia, bajo la luz que entraba por la ventana, había una mesa redonda cubierta con un paño de seda azul claro, y a ambos lados de esta circular superficie estaban dispuestas un par de sillas de madera. En el costado, junto a la pared más larga, un sofá grande de color rojizo permanecía vacío. Se podía señalar que dicho lugar no contaba con luz eléctrica, pues ninguna lámpara lo iluminaba, tan sólo una multitud de velas, distribuidas en las cuatro esquinas de la habitación, dejaban percibir el olor de la cera que fue consumida gota a gota para acabar transformándose en hileras con su caída. Imani invitó a la señora a que se sentara. Luego, encendió las cuatro velas de las esquinas y una varilla de incienso de Bombay, y una vez frente a ella, ocupando el lugar al fondo de la mesa, encendió una última vela y tomó una baraja de Tarot entre sus manos. Teniendo el mazo sobre la palma izquierda, y cubriéndolo en la parte superior con la derecha, comenzó a susurrar una oración casi imperceptible cuyo significado ni siquiera se podía entrever, cuando, terminada esta invocación, miró a la mujer fijamente y preguntó: –¿Qué quieres saber? Ella bajó la vista por unos instantes, para luego alzarla sin decidirse a observar los ojos de Imani, pues se veía incapaz de soportar la fuerza que desprendía aquella mirada, y contestó con un marcado acento alemán: –Quiero saber de mi familia en Europa, de mis padres y de mis hermanos. También, quiero saber qué va a ser de mi vida... Imani, que había nacido con esa especial percepción para intuir los sucesos del porvenir, de la premonición y el adivinamiento, además de tener la habilidad para ver el aura de las personas, utilizaba estos poderes para atender a aquéllos que requerían de sus servicios, leyendo el futuro a través de las cartas del Tarot e incluso, muy de vez en cuando, poniendo las manos para equilibrar el flujo energético con el fin de sanar las enfermedades, pues él era capaz de distinguir en los demás el estado del alma, que en esos tiempos que le tocaron vivir la mayoría la tenía ennegrecida o perforada de manchas oscuras, con el resplandor agónico de una llama a la que le falta el aire para subsistir. ¿De dónde le venían estos poderes? ¡Quién sabe! Él no era hijo de madre inseminada artificialmente por hombres de las estrellas y, como lo estaba siendo ahora su hija, había sido gestado como cualquier hijo de vecino. Nació asomando la cabeza entre dos piernas, ensangrentado y resbaloso, nada especial, lo habitual en estos casos; pero desde ese instante de ver la luz, porque la vio nada más asomarse al mundo con sus ojos chiquitos, estuvo marcado por esa especial condición, y poco a poco, según fue creciendo, desarrollaría, además de una inteligencia e imaginación fuera de lo común, ciertas facultades paranormales. Llegó a crear, durante su infancia, mundos imaginarios poblados de seres fantásticos como él, en una realidad aparte que le hacía sentir su diferencia con los demás, cuestión que aquéllos de manera inconsciente aceptaban cayendo bajo el dominio de su poderosa personalidad. Desde pequeño poseyó un carisma sin igual, que, acompañado de la agudeza de su inteligencia y la belleza de su persona, le hacía sobresalir ante cualquiera. Por sus venas corría sangre de una mezcolanza variopinta, pues tenía ascendencia de diverso tipo: occidental, judía, árabe y amerindia; todo por ser de origen latinoamericano, donde la semilla de una tierra en la que confluyeron diferentes culturas fue regada con generosidad. Imani era hijo de hombre, pero tocado por una gracia divina a modo de prodigio de la especie humana, y con esa condición cargó desde el momento en que fue consciente de su diferencia. Pero luego apareció esa voz que le hablaba dentro de la cabeza, esa voz que no quería escuchar, no porque la creyera producto de un brote esquizofrénico, pues la sabía ajena a él, como si procediera del exterior, pero que entraba sin anunciarse y en cierto grado le causaba inquietud, aunque sin sentir miedo, pues esa voz, que sonaba amortiguada y lejana, era de suaves y cálidos tonos. Era su naturaleza distinta, con ese don para estar cercano a las cuestiones de lo incomprensible, de lo oculto, aquello que le valió para adquirir fama tan notoria entre los que creen que el futuro se puede adivinar. Así, cada día, le visitaban cinco personas para saber del destino que ha de ser esclarecido, de entre las muchas que no dudaban en pagar por sus servicios. El dinero ciertamente no faltaba en su casa, lo que le daba tranquilidad, pero vivir inmerso en esos tiempos, con el cúmulo de tantas influencias negativas, era difícil de sobrellevar. Terminada la consulta unos salían contentos y otros no, como esta última señora a la que despidió bastante apenada, pues sus familiares habían muerto siendo víctimas de la violencia. ¡Cómo olvidar el gesto desencajado y terrible de los que sufrían por sus seres queridos! ¡Cómo olvidar el sufrimiento de la especie humana! ¡Cómo no sentir una enorme tristeza por género tan ruin! Debía tratar de olvidar, de dejar ese sombrío sentimiento adormecido... Con una guitarra entre las manos y cantando canciones de esperanza, unas notas musicales acompañadas del tono cálido de su voz, mitigarían toda tristeza, aunque fuera tan sólo por unos instantes. Aquella herramienta musical de mástil fino, cuerdas de metal y cuerpo de mujer, construida con suave madera de color vainilla, al ser acariciada, como un soplo fantástico, emitía compases de melodías capaces de elevar el espíritu para transportarlo hacia un limbo temporal, donde las palabras pudieran adquirir la fuerza de su significado. ¡Si Imani supiera que con esa guitarra conquistaría el mundo! ¿O quizá, ya lo sospechaba? |
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